Guerreros de Terracota: Hijo del Cielo


Por Maurice Cotterell*

El emperador

Los habitantes de la provincia de Lintong no olvidarán jamás aquel frío día de primavera de 1974. En un instante, tres jóvenes agricultores desaparecieron como si se los hubiese tragado la tierra, ante el asombro de sus compañeros. Ocurrió en un área de cultivos, a tres kilómetros de la ciudad de Xianyang. De pronto, la tierra se había abierto y cayeron en un antiguo corredor, que se derrumbó, levantando una gran polvareda.

Cuando el aire se aclaró, los campesinos se vieron rodeados por un ejército de guerreros de terracota, que miraban inexpresivos a los inesperados intrusos. Pocas horas después llegaron algunos arqueólogos de la ciudad de Yanzhai para cerrar el sitio. Las excavaciones posteriores confirmaron que más de 8.000 soldados de terracota de tamaño natural, cada uno de media tonelada de peso y enterrados en torno al año 220 a.C., ocupaban cuatro largos corredores subterráneos. Pero ¿por qué el emperador Shi Huangdi había ordenado fabricar y enterrar este exótico ejército? ¿Era verdad, como los arqueólogos quisieron hacernos creer, que lo hizo con el objetivo de que protegieran su pirámide y mausoleo, intimidando a quienes descubrieran esos monumentos?

Cada rostro es un ideograma

Cualquiera que tenga un mínimo de racionalidad pondrá en duda esta explicación. No es posible que el emperador creyera que la presencia de semejantes soldados de arcilla espantaría a los saqueadores de tumbas. Además, en el caso de que así fuese, ¿por qué enterrarlos y ocultarlos tan cuidadosamente como para que nadie los descubriese durante más de dos mil años? El hecho de que el mausoleo no haya sido jamás saqueado sugiere que la aparente protección que deberían haber proporcionado estos guerreros, nunca fue necesaria. ¿Por qué poner a trabajar a miles de personas durante más de diez años para construir y luego sepultar una obra colosal de esa magnitud?

Los arqueólogos se sorprendieron al descubrir que las facciones de los rostros de los 8.099 soldados, como sus tocados, se correspondían con 10 de los 10.516 caracteres del alfabeto chino. Curiosamente, aunque los nombres de estos caracteres son citados en la documentación oficial del sitio de Xi’a, los expertos no han explicado jamás su significado. Quizás no se les ocurrió nunca descifrar qué mensaje quería transmitir cada rostro. O tal vez lo advirtieron, pero prefirieron no difundirlo. Lo cierto es que, inmediatamente después del hallazgo, volvieron a enterrar todo de prisa y lo ocultaron. A nadie se le permitió acercarse al sitio, por lo menos durante dos años, hasta el momento en que se reanudaron las excavaciones. Las autoridades jamás explicaron los motivos de este proceder tan extraño. Hasta el día de hoy, la guía oficial del sitio no hace ninguna referencia al significado de los diez caracteres.

Es difícil intuir las razones de tanto mutismo. Al fin y al cabo, en el mundo occidental es muy fácil encontrar diccionarios con definiciones de dichos caracteres, que una vez traducidos revelan un mensaje secreto… “Fija la mirada en los soldados de las galerías cubiertas. Lee el significado de los caracteres nacionales (chinos) de distintos modos; utiliza la mente para comprender una historia que se extiende desde los inicios de los tiempos hasta ahora, una historia que habla sobre el Sol y sobre Dios”. En mis libros he explicado cómo los mayas, egipcios y peruanos poseían un conocimiento científico muy sofisticado, que el hombre moderno sólo está comenzando a comprender.

Enseñaban a su gente que el Sol controla la fertilidad y determina la personalidad humana. Y también que las inversiones magnéticas solares producen periódicamente destrucciones catastróficas en nuestro planeta, borrando la civilización. Los “superdioses” de estas culturas perdidas, como yo los llamo, enseñaban que el alma es inmortal, eterna y, para los puros, destinada a las estrellas, mientras que el renacimiento en la Tierra espera a todos los otros. Por lo tanto, codificaron estos secretos en sus tesoros, dando a aquellos que han errado una esperanza de redención en reencarnaciones futuras. El mensaje inscrito en las facciones de los guerreros sugiere que un examen en profundidad podría conducirnos a descubrimientos relacionados con el Sol y a revelaciones sobre la vida espiritual.

Con esta particular comprensión de cómo y por qué las antiguas civilizaciones decidieron conservar y transmitir dichos secretos a la posteridad, me dispuse a explicar cómo descifrar el significado de este ejército de terracota, oculto durante más de dos milenios, para desvelar el mensaje que el primer emperador chino quiso hacer llegar a las generaciones futuras. He abordado detalladamente el significado de este legado en mi último libro Guerreros de terracota, los códigos secretos del ejército del Emperador. En este artículo resumo brevemente las grandes ideas que, en mi opinión, contiene dicho mensaje dirigido a los iniciados.

Los códigos ocultos

Hay cinco códigos diferentes, ocultos en los guerreros. Las facciones de sus rostros son solamente uno. Por ejemplo: los tocados explican cómo las radiaciones provenientes de nuestro Sol, que tiene un período de rotación de 28 días, llegan a la superficie de la Tierra, y cómo el viento solar incide sobre las variaciones del campo magnético terrestre que, a su vez, estimulan las hormonas femeninas. Dicho de una forma más simple, describen cómo las radiaciones solares estimulan la fertilidad en nuestro planeta.

Estamos ante una creencia compartida por todas las antiguas civilizaciones que adoraban al Sol en Egipto, México y Perú. En la posición de las manos y vestimentas de estas tropas de terracota, observamos números simbólicos que también hallamos en distintas tradiciones, entre ellas en la cultura bíblica, como el 666 o el 144.000, que aparecen en el Apocalipsis de San Juan. Dos carros de bronce tirados por caballos cuentan la historia del viaje final hacia el Cielo del primer emperador, de cómo se transformó en un dragón, en una serpiente emplumada (como el Quetzalcóatl azteca) y en un ciervo, para gozar de la inmortalidad convertido en estrella, como los faraones egipcios. Cada soldado se halla sobre un pedestal cuadrado, símbolo universal del mundo material que alude a los cuatro puntos cardinales.

Curiosamente, la mayor parte de estos misteriosos guerreros no porta armas. Pero el mayor enigma está en la inusual formación de las tropas en las galerías. En primera línea hay soldados desprovistos de armadura y, detrás de éstos, batallones de arqueros con armadura arrodillados, como si se estuviesen protegiendo detrás de los primeros. En buena lógica, los arqueros con armadura deberían estar en primera línea. No tiene sentido que se protejan detrás de guerreros sin armadura. Estos signos decodificados de los tesoros de Shi Huangdi nos sugieren que éste había comprendido el auténtico sentido de la vida en la Tierra. Había entendido, como los otros superdioses de las más variadas civilizaciones y épocas, que la finalidad de la existencia terrena es purificar el alma para acceder al más allá. Y los superdioses creían que la purificación se conseguía a través del sacrificio.

Cada día el individuo debía enfrentarse a una batalla interior, en una lucha sin fin, para reconciliar todos los datos de la experiencia vital. Éste sería el verdadero significado de esos guerreros de terracota dispuestos para librar un combate. Podemos ver una alegoría similar en un libro sagrado hindú. En el Bhagavad Gita (“el canto del Señor”), una parte del poema épico Mahabharata, se nos ofrece un camino de salvación espiritual, a través de un diálogo entre el soldado Arjuna y Krishna, que aparece en el campo de batalla para ayudar a Arjuna en el momento decisivo. Esta antigua historia comienza con el rey Dhrtarashtra, que se encuentra en su palacio, a muchos kilómetros del campo de batalla de Kurukshetra, donde el ejército de sus hijos va a enfrentarse con sus sobrinos, los Pandava. El rey está ansioso por conocer la suerte de la batalla, porque Kurukshetra está en un lugar sagrado que podría favorecer a los piadosos Pandava.

El mensaje de los dioses

Con este objetivo, convoca a su secretario ciego, Sanjaya, que posee “la visión espiritual” (clarividencia), para que le describa qué sucede en el campo de batalla en ese momento. Sanjaya le dice que los dos ejércitos están preparados para el enfrentamiento. Pero de pronto, el joven soldado Arjuna – jefe de los Pandava -, se siente invadido por el desconsuelo al pensar que debe matar a sus parientes: “Preferiría conformarme con un mendrugo de pan antes que matar a estas personas que me han enseñado todo”, declara el héroe.

El Señor Krishna, encarnación del más alto de los dioses, desciende para acompañar a Arjuna en su carro mientras se encuentra ante las líneas enemigas. Y Krishna comienza a describirle a Arjuna la auténtica finalidad de su vida y la razón de su presencia en el campo de batalla. Durante este discurso, explica también el significado de la existencia, la muerte y la finalidad del universo. Las lamentaciones de Arjuna, según Krishna, se deben a ilusiones (maya). Él identifica a sus parientes con sus cuerpos físicos, pensando que si mata sus cuerpos destruirá su misma esencia. Krishna le explica la diferencia entre el cuerpo y el alma. El cuerpo no es nada más que una morada temporal para el alma. Ésta ocupa muchos cuerpos antes y después de su encarnación actual. “A través del cuerpo el alma experimenta la infancia, la juventud y la vejez, y al final pasa a otro cuerpo”, nos enseña Purohit Swamien en su obra La Gita.

El consejo que surge de esta reflexión es altamente filosófico y, al mismo tiempo, pragmático: pretende orientar a quien pide alcanzar la paz a través de la purificación del espíritu. Por eso, Krishna le dice a Arjuna que sus acciones en vidas anteriores han determinado que él sea un soldado en esta encarnación, y no un maestro, un comerciante o un obrero. Krishna también le dice que cada uno debe cumplir con sus deberes y, por lo tanto, como soldado él tiene que combatir. Todo hecho en el mundo material requiere un “acto”, un “actor” y un “instrumento”. Aquí la batalla es el acto, el soldado el actor y el arma el instrumento. Y estos tres factores llevan inevitablemente a un resultado preordenado. Como actor, el soldado no tendrá ningún karma adverso al cumplir con su deber de matar. Si se hace de forma que cada uno cumpla con la parte que le ha sido asignada, nadie obtendrá el karma adverso. Pero el soldado – que representa al individuo – debe asumir su deber.

De otro modo su karma provocará futuros sufrimientos al alma. Si Arjuna vence en la batalla, gozará del botín de guerra en la Tierra, como rey de la India; si es derrotado, su alma será liberada para gozar del reino del Cielo, porque ha cumplido con su deber. La lección consiste en que el resultado terrenal de la batalla es irrelevante. Es el modo en que se combate lo que determina la acumulación de un karma adverso y los futuros sufrimientos del alma. Cuando reconocemos nuestro deber, hay que aceptarlo sin preocuparnos de los peligros que implica ni de las expectativas de beneficio. En lugar de la debilidad, la cobardía y la pusilanimidad, el soldado debe apelar a todas sus fuerzas para hacer honor a la batalla que le espera. El que se vuelve y huye está perdido. Las motivaciones últimas que provocan esta batalla no siempre son claras. En cierto momento el deber se distingue de la verdad.

Debemos seguir siempre a la verdad, pero si ésta y el deber entran en conflicto, debe atenderse a este último. En lo que respecta al cuerpo físico, Krishna compara los cinco sentidos con un grupo de cinco caballos. El jinete en el carro es el alma, que debe controlar a los caballos mediante las riendas (el intelecto). De otro modo, los caballos no obedecerán, derribarán el carro y herirán el alma. El deseo es visto como el enemigo prevaricador a derrotar, porque conduce a la frustración, que a su vez produce rabia, y ésta lleva a la desilusión, que causa la destrucción de sí mismo y de los otros. Es el cuerpo el que desea, pero el alma es la que sufre las consecuencias.

Los soldados de terracota, en formación antes de la batalla, reflejan estas mismas enseñanzas impartidas por Krishna a Arjuna en el campo de batalla de Kurukshetra. Las tropas son disciplinadas y virtuosas. No necesitan armas porque el amor, personificado en sus expresiones, es su mayor arma. Dios las protege de todo mal. Él les ha conferido la sabiduría (una comprensión de la ciencia del Sol y de los altos órdenes de la espiritualidad), para la batalla que se avecina. Los carros están en formación, los caballos embridados y frenados. Los aurigas (almas), en paz y bajo control.

El arquero arrodillado hiere con sus flechas los corazones y purifica al otro mediante el sufrimiento. Si tenemos que purificar nuestro corazón, debemos exponernos sin coraza y dejar que las flechas lo traspasen. Por eso, los soldados sin armadura se encuentran en primera línea, dispuestos a recibir las flechas. Shi Huangdi, como el Osiris egipcio, el Viracocha inca y el Quetzalcóatl azteca, anticipa la historia del Hombre que vendría después, miraría al corazón y moriría en la cruz.

Y lo hace explicándonos cómo vencer en la gran batalla de la existencia. Ha codificado la ciencia del sol en sus tesoros arqueológicos para ayudar a quienes quieren recorrer la estrecha senda de la virtud. Shi Huangdi, como creían los antiguos chinos, fue uno de los “Hijos del Cielo”.

* Maurice Cotterell, matemático, ingeniero e autor y escritor de best-sellers. Su sólida instrucciones académicas le ayudó a descifrar el antiguo código Maya e os códigos de la tumba de Tutankhamun.

Nota

1. Este artículo es una rezenha del libro “The Terracotta Warriors: The Secret Codes of the Emperor’s Army” – (Los Guerreros de Terracota: Los Códigos Secretos del Ejército del Imperador), escrito por el autor.

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