Relaciones abiertas


Por Eva Roy

Ana, una conocida, amiga de una de mis amigas, una de las mujeres más pijas que he tenido delante (pero pija, pija, de las de huevo en la boca, apellido compuesto y criada entre El Viso y Marbella), me contaba escandalizada que su última conquista, Borja (¡Borja!, no podía llamarse de otra manera…) le había propuesto ir a un club de intercambio de parejas.

Ana, que se enamoró a primera vista (es decir, el amor se desató cuando ella y su tropel de amigas subieron al deportivo de Borja y ella pudo sentir la bolsa de los palos de golf de él a sus pies), se confiesa atónita, incrédula ante tal proposición, deshecha en dudas del tipo: “no le basta conmigo”, “quién se cree que soy yo”, “pensaba que lo nuestro iba en serio”, y demás.

Existe un colectivo, el de la “gente libre”, o que participan de lo que se ha dado en llamar “ambiente liberal” (como si el resto del planeta lleváramos grilletes o fuéramos retrógrados), que se organiza para montárselo en esos términos: intercambian parejas o permiten a un tercero o tercera interactuar mientras mantienen sexo. Tienen a gala ser capaces de discernir entre sexo y afecto, afirman que su relación no sólo se ve amenazada sino que el sexo con extraños, participar de orgías y otras variantes, les enriquece a nivel personal y sexual puesto que les permite cumplir sus fantasías. En los encuentros de parejas swingers se supone que no se consume droga. Oficialmente se trata de una prohibición, claro que…, admito que lo que se entiende por “droga” no me queda del todo delimitado: que un tío se coma seis Viagras o que una señorita se beba dos litros de vodka para animarse a que siete desconocidos la penetren por todos los agujeros de su cuerpo, ¿obedece al concepto “limpio de drogas”? -. Añadí que me consta que interviene gente de toda edad y condición, con y sin hijos, dueños de físicos impresionantes o encarnaciones de la definición “escombro humano”, depilados y bronceados y fofos y grotescos, de todo hay. Variedad, como en la vida misma. Igual que la diversidad de localizaciones donde se practica: desde domicilios particulares que realizan convocatorias a nivel muy secreto vía email a establecimientos públicos -como digo, de todos los nieveles, del más lujoso, o pretencioso, al más cutre-.

Por otro lado, el tema de la sanidad no sé cómo va. No sé cómo se hace con el asunto de las ETS, ITS y sida: ¿alguien lleva análisis, como en el porno? Por lo que he leído, el uso del preservativo se establece como obligatorio…pero todo el mundo sabe, o debería, que existe un enorme riesgo de contagio en prácticas sexuales como el sexo oral, que no suelen hacerse con goma.

Hasta ahí lo que yo le pude contar a Ana en base a lecturas y de escuchar a gente que sí lo practica (que nadie me apedree por no participar de algo que no me apetece. Mi labor informativa llega hasta donde llega, por lo que si algún lector, amparado en el mismo anonimato que sirve para insultarme sin dar la cara, quiere compartir detalles de esta experiencia, se agradecerá). Lo que no le he querido ocultarle a Ana es que la mayoría de las “parejas” que acuden a estos sitios, lo hacen contratando a una prostituta porque muchos locales exigen acudir con una acompañante femenina y, lo mismo que a Ana le da reparo/asco/pudor, les pasa al común de las mujeres de este país, con independencia de su edad, formación, capacidad económica y estado civil. Así que los señores, optan por pagar a una profesional que se haga pasar por la novia o esposa (algo que, además, les libra de sentir celos de ninguina clase). En menor medida, también hay mujeres que contratan a chicos de compañía -gigolós, call boys, prostitutos- que hagan de acompañantes (digo en menor medida porque, en general, las casas de intercambio dan la bienvenida a mujeres solas que no sean prostitutas. De hecho, navegando por internet, se puede encontrar que hacen precio reducido para señoritas o incluso, algunas garantizan “acceso gratuito” para las damas. Otra duda que se me plantea es quién y cómo hace la prueba de que tal o cual fémina es o no una puta…

Si ha llegado el momento en que alguien deja caer “probemos otras cosas” o “me encantaría que hiciéramos…”, puede ser buen momento para una conversación de ésas “a calzón quitao” o “con el corazón en la mano” con la pareja. En cualquier caso, para quienes deciden abrir su relación, téngase en cuenta que no sólo hay que cuidar de la profilaxis, sino tener bien claro que contemplar a tu pareja retozando con otro/a tiene efectos emocionales (se puede sentir un generoso y liberador “qué bien; me alegro tanto de lo mucho que disfruta” o bien un infernal “me quiero morir, en qué hora se me ocurrió…”. Debería madurarse la decisión antes de ponerla en práctica, porque existe el riesgo de que te reviente por dentro y conduzca la relación al desastre.

Volviendo a Ana, la reflexión que primero se me ocurre, contando no sólo con mi experiencia sino con muchas otras, es que cuando una de las partes (sea la mujer o el hombre) está enamorada, suelen sobrar terceros y cuartos en discordia. Siempre respetando el deseo de todo el mundo, su curiosidad y su legítimo ejercicio de la libertad, creo que nadie debe acceder a algo que no desea, que le da miedo, asco o de lo que no está seguro.

Fuente

Al Desnudo

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