La Contracditoria izquierda del siglo XXI


Por Agustin Laje Arrigoni*

Si bien el comunismo tal como se lo conocía en el período de la llamada “Guerra Fría” dejó de existir con tales características, de ninguna manera significa que se haya extinguido, sino todo lo contrario: se ha aggiornado a la coyuntura actual, manteniendo tanto sus raíces como su poder destructivo de antaño. A la postre, no resulta laborioso advertir que la estrategia discursiva de la izquierda contemporánea ha incorporado sabiamente nuevos elementos a los efectos de presentarse frente a la opinión pública como una ideología “humanista”, “filantrópica” y “comprometida socialmente”, atrayendo a cuanto idiota útil se tope en su camino.

Lo cierto es que el nuevo maquillaje del marxismo no pudo haber penetrado en nuestras sociedades sin el auxilio de los medios masivos de comunicación, los institutos educativos y la facinerosa partidocracia que vio en el nuevo antifaz de la izquierda, una potente herramienta para recolectar votos. En rigor, el hecho de que una ideología sabidamente fracasada, genocida y esclavizante haya logrado reencauzar su rumbo como efectivamente lo hizo, sin lugar a dudas no deja de constituir un fenómeno político y social digno de análisis.

Sin embargo, vale poner de manifiesto que varias son las grietas que atentan contra la nueva perorata izquierdista. En efecto, las omnipresentes contradicciones ideológicas y discursivas, intrínsecamente ligadas tanto a sus militantes más pasivos, como a sus dirigentes más comprometidos y a la podredumbre intelectual que la sostiene, destaca y diferencia de alguna forma al nuevo marxismo actualizado, del viejo comunismo ortodoxo de otrora.

Así, nuestro izquierdista contemporáneo por ejemplo, se llenará la boca hablando de “derechos humanos” y denunciando a aquellos que décadas atrás combatieron al terrorismo marxista que atacó al continente, pero a la vez admirará y defenderá sin vacilar a la dictadura castrista, responsable de decenas de millares de fusilados, millones de exiliados, incontables actuales presos políticos e innumerables torturados y desaparecidos. Al parecer, para nuestro izquierdista y su enajenada concepción del ser humano, existirían dos tipos de estos últimos: aquellos cuyos derechos humanos no merecen ser violados, y aquellos cuyos derechos humanos sí merecen ser pisoteados.

Por otro lado, no resultará extraño escuchar al personaje de marras pronunciarse en contra del “imperialismo yanqui” y señalar al capitalismo como el “mal absoluto”, responsable de todas las penurias que el mundo sufre, pero pasará buena parte de su día navegando en Internet (tal vez descargando música con software estadounidense, o revisando su correo en un “deshumanizado” portal de una empresa capitalista); escribirá mensajes de texto a sus allegados desde su celular último modelo (cuya marca no será precisamente de origen cubano); y hasta disfrutará sin trastabillar las hamburguesas de la “multinacional y usurera” Mc Donald´s. Es que en rigor de verdad, nuestro izquierdista, por más que no lo sepa o no quiera reconocerlo, es un fanático de los placeres que el mundo capitalista le ofrece.

La defensa irrestricta de la democracia será una de las mascarillas preferidas de la nueva prédica marxista, aunque se harán los distraídos cuando se les recuerde por ejemplo que uno de sus héroes de cabecera, nada menos que Mao Tse Tung, sabía poner de manifiesto que “el poder nace de la boca del fusil y sólo con el fusil se puede transformar al mundo entero”. Asimismo, no se ruborizarán al reivindicar a facciosos guerrilleros y terroristas que pretendieron derrocar gobiernos democráticos el siglo pasado.

Entre las cuestiones que aquejan (siempre en voz alta, por supuesto) a nuestro coexistente izquierdista (a la sazón, por no más de diez minutos diarios), encuentra destacado lugar sus lamentos por cuestiones como “el hambre en el mundo”, sin advertir que la ideología que él pregona sumergió en la más despiadada pobreza a un sinnúmero de países, fracasando rotundamente desde donde se lo analice. Soluciones para esta problemática que tanto dice perturbarlo, lamentablemente no suele proponer, pues la elevada capacidad intelectual que él mismo supone tener, pocas veces da señales de vida.

No podemos dejar de mencionar la incorporación de la perorata “pacifista” al nuevo bagaje discursivo de la izquierda, que llevará a nuestro caricaturesco personaje a pronunciarse en contra de conflictos bélicos, aunque probablemente al mismo tiempo vista una pintoresca remera que ilustre el rostro del asesino serial Ernesto “Che” Guevara, quien soñaba nada más ni nada menos que con una guerra nuclear entre las dos potencias de la “Guerra Fría” y quien hizo de la violencia un estilo de vida.

Por otra parte, es dable destacar que entre el conjunto de frases enlatadas que como autómata el izquierdista del siglo XXI repite, la palabra “genocida” se encuentra entre sus preferidas. En efecto, siempre que pueda tachará de “genocidas” a aquellos gobiernos latinoamericanos que debieron enfrentar al marxismo armado en la guerra antiterrorista, olvidando que la ideología comunista (de la que en definitiva él forma parte) fue la responsable del genocidio de mayor magnitud del siglo pasado (incluso mayor al ejecutado por el nazismo), dejando el escalofriante saldo de aproximadamente cien millones de muertos.[1]

Finalmente, nuestro izquierdista contemporáneo en todo momento y en todo lugar, no olvidará solidarizarse con las “clases marginadas y desfavorecidas”, aunque a la vez aplauda vigorosamente a los gobernadores latinoamericanos de tinte populista (Chávez, Morales, Correa, Kirchner, etc.) que trafican miseria y lucran con la pobreza.

La nueva izquierda hipócrita, lejos de representar un problema menor, causa muchísimo daño a la sociedad y al hombre común. Al respecto, el escritor Nicolás Márquez afirma que el menoscabo se produce “tanto a través de la maniquea distorsión histórica del pasado reciente, como promoviendo un inacabable cúmulo de ideas igualitarias y disolventes que, invertidamente, van forjando una idiosincrasia relajada, juerguista, resentida, facilista, proclive al atraso, aferrada a la pereza mental y por ende, obstaculizando del progreso moral, institucional y material del país”.[2]

Aferrarse a una ideología probadamente fracasada e intrínsecamente facinerosa, a pesar de que en los tiempos que corren pretenda camuflarse de benigna, explica de alguna manera el retraso en todos los órdenes que presentan y padecen los pueblos latinoamericanos, víctimas de una falacia discursiva que logró hacerse del poder de nuestro decadente continente.

 

*Agustin Laje Arrigoni, 20 años y ha publicado numerosos artículos de opinión e investigación en diversos diarios de Argentina. Este año lanza su primer libro sobre la década del `70 y la tergiversación histórica. Además, es dirigente del Movimiento por la Verdadera Historia, ONG adherida a UnoAmérica.

 

Fuente

1. Uno America Org

 

Notas

[1] Courtois, Stéphane. Werth, Nicolas. Panné, Jean-Louis. Paczkowski, Andzreg. Bartozek, Karel. Margolin, Jean-Louis. El libro negro del comunismo. Planeta. p. 18

[2] Márquez, Nicolás. La mentira oficial. El setentismo como política de Estado. 3º ed. Buenos Aires, 2008, p. 289

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